Los lobos.

Escrito por AlainDGeiser 20-11-2014 en Warhammer 40.000. Comentarios (0)

Un pequeño grupo estaba reunido en el salón de Jacksonville, un bar de mala muerte, en una ciudad de poca monta, en medio de ninguna parte, alejada de toda civilización. Eran tres hombres y dos mujeres, estaban todos atentos a la historia que contaba uno hombre de aspecto arisco, con un sombrero vaquero de color negro y un guardapolvos del mismo color. Su piel era clara, sus ojos azules y su pelo castaño claro y con un peinado mohicano, su rostro era cuadrado, de aspecto serio y no tendría más de veinticinco años, tenía una botella de Whisky en la mano y un cigarro en la otra, mientras contaba la historia daba pequeñas caladas al mismo o bebía de la botella como si fuera agua.

-¿Sabéis esos momentos de la vida que nos dejan marcados? Bueno, pues os voy a hablar de uno de esos momentos de mi vida. Este podría bien llamarse El Momento, en mayúsculas porque a decir verdad estuve a punto de palmarla, os lo cuento:

-Hacía calor, una calor sofocante, normal cojones, estábamos en medio del maldito desierto, solos; Pride y yo. Me habían advertido de que era mala idea salir en busca de los bandidos del Cañón de RedWolfs yo solo pero realmente, la recompensa era bastante generosa, ochenta y cinco tronos por toda la banda. ¿Cómo no aceptarla? –Dijo el hombre sonriendo antes de proseguir contando la historia. -Coloqué a mi caballo al borde del Cañón, y oteé en la distancia desde la altura del mismo con la mira telescópica del fusil de caza que llevaba colgado a la espalda. Por suerte mi sombrero vaquero tapaba la luz de los dos soles y me permitía usarla sin cegarme. Malditas bolas de gas incandescente, calentaban todo el ambiente más de lo que a uno le podría llegar a gustar. Y además no servían de nada, solo producían sequedad y que hiciese más calor en ese puto desierto. –Dijo el vaquero dando un trago del Whisky.

-Desde allí observé como la banda organizaba su escondrijo. Eran al menos doce. Todos estaban armados, fusiles de caza, revólveres, cajas de dinamita… La cosa pintaba mal, puede que no saliera de esta, pero la verdad, era eso o morirme de una paliza en el salón de la ciudad si volvía sin el dinero de Bill. –Dijo el tío mientras saludaba a un hombre fornido que estaba en la barra del bar con el camarero. -Había tenido suerte en verdad, ese hombre con acento extraño y vestimentas aún más peculiares me había ofrecido una suma bastante generosa si acababa con aquellos cuatreros, y por esos malditos soles que iba a hacerlo.

-Quité la vista de aquellos maleantes y subí de nuevo sobre Pride, mi mustang, cabalgué a penas medio kilometro, lo suficiente como para que no me vieran descender desde su posición y poder llegar a una zona de cobertura antes de empezar el tiroteo. Eran más que yo, necesitaba la sorpresa de mi parte, y vaya que se iba a conseguirla. Bajé del caballo, até el arnés de seguridad a un árbol y comencé a bajar hasta abajo. Allí estaba yo, frente a doce oportunidades de irme a criar malvas al cementerio de Jacksonville.

-Coloqué mi fusil sobre una roca y me oculté lo mejor que pude detrás de ella, apuntando con cuidado al hombre que fumaba a la entrada de la cueva que estaban usando como refugio. Miré mi arma, parecía en perfecto estado, observé la bala de la recamara y cerré el cerrojo de la misma disponiéndome a disparar sobre el hombre del bigote extremadamente grande con un cigarro en la boca.

-Sé que de algo hay que morir. –Dije en ese entonces. –Pero la bala es más rápida que un cáncer de pulmón.

–Apreté el gatillo, vaya que si lo hice, la bala cruzó el Cañón, haciendo que el disparo resonara por todo el lugar, alcanzando al hombre justo en el pecho, a la altura de los pulmones y saliendo despedido varios metros hacia atrás, cayendo al suelo con la espalda arqueada.  –Fue bastante gracioso como murió aquel cabrón, la verdad, pero os sigo contando que pasó después. –El hombre dio una calada al cigarro y dio un trago a la botella, haciendo al camarero una señal para que le trajera otra.

-El fusil cambió de dirección buscando con la mira mi siguiente objetivo, mi vista certera como siempre encañonó rápido al siguiente bandido antes de que este pudiera ver donde me encontraba yo, un simple clic, seguido de otro trueno en el Cañón fue lo que se escuchó antes de que el segundo cayera al suelo con una bala en el cuello. Rodé por el suelo para seguir en cobertura hasta detrás de otra roca donde podría tomar posición contra los enemigos que ya estaban colocándose tras las dos bajas. La sorpresa se había acabado, más me valía tener cuidado y  no malgastar ninguna de mis balas. Apunté otra vez, esperé antes de efectuar aquel disparo, quería asegurar el blanco. Un hombre vestido con camisa a cuadros, chaleco de cuero y vaqueros oscuros buscaba con su fusil con mira en mi anterior posición a escasos quince metros de donde ahora me encontraba. Tranquilice mi respiración agitada, calmé mi pulso y disparé una sola bala, acertando a aquel viejo en la cabeza, dejándolo sin la misma y haciendo que el cadáver cayera desde su posición hacia abajo. Había un paso elevado al lado de la entrada de la cueva, parecía nuevo, de reciente construcción y dos hombres se habían colocado allí buscándome también con sus fusiles, esta vez no tendría tanta suerte, solo contaba con una oportunidad para acabar con uno, disparar rápido al otro y ponerme a recargar.

-Apunte hacia ambos sujetos, buscando una manera de despacharlos a ambos rápido pero se me venía el tiempo encima. Estaban separados ambos por una distancia de al menos diez metros, demasiada como para dos tiros rápidos, me verían. Necesitaba crear una distracción para que no me localizara el que quedase vivo, y entonces lo vi, uno de esos tipos tenía una granada en el bolsillo, apunté con cuidado, esperando que por favor aquello funcionase. Disparé con el fusil tras colocar la mira sobre la granada y por suerte, acerté. La granada explotó y esos dos hijos de puta se fueron por los aires junto con paso a nivel. –La verdad, que alguien les dé una medalla a los soldados que le dieran una granada a ese imbécil, le debo la vida. –Dijo riendo el vaquero ya algo borracho.

-Y ahora viene lo peor, la cueva, la puta cueva. Saben, generalmente no me gustan las cuevas. Puede haber de todo, osos, lobos, pumas, murciélagos, ¿He dicho ya osos? Como sea, puede haber cualquier cosa en una maldita cueva, pero sin duda lo que más odio son los jodidos bandidos, esos cabrones disparan, y son un auténtico coñazo, en especial cuando vas solo como yo y todos sus cañones buscan tu culo. –Dio otro trago a la nueva botella que le traía el camarero y dejó la misma sobre la mesa con un pulso bastante precario.

-La cueva era de esas de paredes anaranjadas, con tablones de madera asegurando la entrada y cada X metros para evitar que se viniese abajo, estaba bastante bien construida pero se les había olvidado un pequeño detalle, la dinamita estaba fuera y al menos seis de ellos estaban dentro, lo cual me hacía muy fácil mi trabajo, la verdad un descuido muy estúpido pero que a mi me solucionaba gran parte de mi trabajo. –Dio otra calada al cigarro, atragantándose con el mismo. –Pero siendo sincero, no la utilicé. No tengo ni idea de cómo se usan los explosivos, así que lo hice a la vieja usanza, entrada y desalojo.

-Oí un ruido a mi espalda y dios… Que cerca estuve de palmarla, uno de los cuatreros estaba detrás mía con un cuchillo tratando de apuñalarme y justo había pisado una roca y hecho el ruido justo para yo coscarme. Le di un rodillazo en el estomago mientras forcejeábamos por el cuchillo ya que no me daba tiempo a coger el mío del tobillo. Acabamos los dos en el suelo, por suerte yo encima de él y pude golpear su cabeza contra una roca del suelo hasta que se estuvo quieto de una maldita vez. Trepé hasta la parte de arriba no sin antes coger un poco de dinamita, aunque no supiese usarla siempre me podría servir de farol, en aquella zona estaba la cueva que antes describí, y entonces fue cuando empezó la hora de las tortas. –El joven cogió la botella y dio un largo trago, dejándola sobre la mesa después.

-La cueva tenía unos railes en el suelo con una vagoneta en la entrada, cogí la vagoneta y la impulsé un poco hacia delante, me serviría como cobertura llegado el caso. Mientras tanto seguía con mi fusil con una bala en el cargador por lo que antes de entrar retiré esa bala y cambié el cargador, mejor cinco que una. Había contado ya tres bajas con disparos, dos con la explosión y una cuerpo a cuerpo. Si mis cálculos eran correctos quedaban aún seis más y yo solo tenía balas para cinco de ellos antes de recargar. Debido a esto actué con precaución y cogí un trozo de madera de la entrada, colocando el sombrero sobre el tablón imitando una cabeza. Le di un empujón a la vagoneta que avanzó hacia delante con una marcha continua y justo al pasar por una intersección pasó lo que me imaginaba, una auténtica lluvia de balas cayó sobre la vagoneta desde la izquierda sin mediar palabra siquiera. Tras cinco segundos de fuego intenso la lluvia cesó. Aproveché ese instante para apuntar a la intersección de la galería desde mi posición con la suerte de que dos hombres se acercaron a la vagoneta a comprobar el “cadáver”. Justo cuando se inclinaron a verlo, recibieron un único disparo, que atravesó limpiamente la cabeza del primero y perforó el brazo del segundo haciéndole soltar su arma y dándome tiempo a disparar una segunda vez para acabar con su vida sin dilación alguna. –El vaquero volvió a coger la botella, dándole otro trago y tomando otro cigarro del paquete. –Entonces fue cuando decidieron hablar.

-¡Alto el fuego! –Gritó una voz femenina desde la galería lateral. –No sé quien eres pero para de una maldita vez y dinos que coño quieres. –Dijo la voz de una mujer.

-Mi nombre importa poco, y el de mis compañeros igual, lo que queremos es simple, vuestras cabezas, ofrecen ochenta y cinco tronos por ellas. –Estaba claro que lo mío era una farol, pero ellos no lo sabían y la verdad, no perdía nada por intentarlo, por lo que traté de asustarlos un poco y hacerles salir de forma pacífica para luego dispararles a sangre fría sin compasión alguna a la menor oportunidad.

-¿Quién cojones ofrece ochenta y cinco tronos por las cabezas de unos mineros? –Dijo otra voz distinta de la anterior, esta vez de un hombre.

-¿Mineros? No intentéis tomarnos el pelo, sabemos perfectamente que sois ladrones, asaltantes de caravanas, bandidos, llamaos como queráis. –Dije mientras me acercaba poco a poco a la galería lateral.

-¿De qué coño estás hablando? Esto es una mira de oro, la abrimos hace menos de una semana después de haber estado inspeccionado la zona, ni siquiera llevamos aquí siete días. Te estás equivocando del todo, maldito loco. –Dijo la voz de la chica de nuevo. –Mi nombre es Julia Fischer, y de verdad que no somos bandidos.

-¿Y como es que en el pueblo nadie sabe nada de esta mina? –Claramente me estaban mintiendo, no me cuadraba nada de lo que estaban contando, una mira de oro, si claro.

-Es un secreto. ¿Tú irías por ahí diciendo tengo una mina de oro, venid, hay para todos? –Dijo la chica de nuevo. –Habría que ser gilipollas para hacer eso.

-En eso tienes razón, pero sinceramente, me estoy cansando de hablar y tú pronto vas a dejar de hacerlo. Tenéis dos opciones, salir de ahí fuera con las manos en alto y que os ate con cuerdas para llevaros al pueblo, o bien que os vuele la “mina” encima. –Dije sonriendo aunque ellos no me vieran. -¿Qué decidís?

-Estuvieron callados un par de minutos, o al menos yo no los escuché a hablar en ese tiempo. Lo siguiente que escuché fue un tiro en la galería, después otro y finalmente pasos de dos personas. Una joven y un hombre de mediana edad, al menos diez años mayor que yo. –Otro trago a la botella que ya iba medio vacía. –Entonces les apunté con el fusil, y les dije que se echaran hacia atrás, quería ver a los dos muertos de dentro. Me hicieron caso, pasaron ellos delante hasta el final de la sala, iban desarmados, lo cual me favorecía a mi. Apunté a ambos cuerpos y disparé dos veces, una a cada uno.

-No me fio de vosotros, lo siento. –Dije sin entender exactamente porque se habían matado y oliéndome alguna clase de trampa. Disparé al que estaba vivo y cogí a la chica del brazo. -Tú y yo vamos a la ciudad, camina. –Dije a la chica mientras bajaba mi mano para coger el sombrero del tío muerto pues el mío estaba totalmente destrozado por las balas.

-¿Dónde están tus hombres? –Dijo la mujer de unos veinte años mirando a los lados al salir de la mina sin entender donde narices estaban los demás.

-¿Qué hombres? –Dije entonces sonriendo y colgándome el fusil a la espalda. Entonces fue cuando subimos hasta arriba del Cañón y casi muero.

-Pride, mi mustang, estaba muerto, despedazado por lo que parecían haber sido lobos. No podía creerlo y eso me hizo caer al suelo al lado del animal, lo había criado desde que era un potro, y en ese descuido la chica cogió mi arma y tiró de ella, intentando ahogarme. Por desgracia para ella, yo era más fuerte y sobreponiéndome al drama de perder a mi compañero golpeé a la chica en la frente tras arrebatarle mi arma de sus manos y la dejé inconsciente. La cargué a hombros y me la traje hasta la ciudad. –El hombre dio un último trago terminándose la botella entera y miró a los que escuchaban su historia. –Y por eso está esa puta en la cárcel, porque necesitaba pruebas de que acabé con ellos, porque su muerte no me devolverá a mi caballo, pero al menos me dejará un mejor sabor de boca que todos esos malnacidos estén muertos. –Dijo el hombre antes de levantarse de su silla y subir hasta el piso superior a dormir la mona.

A la mañana siguiente el pueblo era un auténtico revuelo, iban a ejecutar a la chica, supuestamente una minera, como ella decía, pero no era otra cosa que una vulgar bandida y asesina. El vaquero que la había capturado estaba a su lado, junto al verdugo que tiraría de la palanca. En primera fila había un hombre, vestido con un traje extravagante y un peinado extraño, no obstante era el hombre más rico del pueblo, Alejandro Shrodinger, y por tanto se le permitía ser todo lo excéntrico que quisiera.

El pueblo estaba reunido, desde el constructor de ataúdes, el carnicero, los agricultores y ganaderos de la zona, que no eran muchos hasta algunos curiosos que se agolpaban en aquellos momentos, atraídos por el olor a muerte de la horca.

Justo cuando el campanario del pueblo dio las doce en punto, Julia fue colgada, ejecutada y el magnate del pueblo sonrió de forma siniestra, lanzando una bolsa al vaquero y marchándose hacia su casa con paso resuelto seguido de un par de guardaespaldas.

Nadie se había fijado en que entre el público asistente, había un joven de veintiún años, de ojos azules y pelo negro muy corto, con extraños dibujos en las zonas más cortas del mismo y dos tatuajes en sus manos, dos águilas bicéfalas. Su vestimenta, un guardapolvos marrón, y un chaleco de cuero con dos cinturones de cuchillos cruzados dejaban claro su oficio, así como el rifle que llevaba colgado a la espalda. Nadie se había percatado de que el joven había dejado caer una pepita de oro cuando la chica murió y aún menos se había fijado en como sus ojos, parecidos a los de un animal se habían fijado en los rostros del vaquero y su mecenas.

Pasadas las horas, el vaquero entró en la taberna, subiendo cabizbajo a su habitación, se sentó en la cama, apoyando su cabeza en las manos, cansado del día. Entonces se percató de que alguien le estaba mirando sentado desde la esquina de su habitación.

-No hagas ni un solo ruido. –Dijo el chico mirándole con los ojos fijos en los suyos. –El más mínimo ruido sin mi permiso y eres hombre muerto.

-El vaquero asintió, fijándose en los tatuajes y los dibujos del cabello, un par de lobos hechos de metal.

-Bien, ¿Quién fue el que te ordenó atacar a esos mineros? –Dijo el joven.

-El Señor Alejandro, el hombre más rico del pueblo, pero el dijo que eran bandidos, no mineros.

-Ya. –Dijo mientras jugaba con un cuchillo entre sus dedos mirando al hombre. –Pues no eran bandidos, eran mineros, y yo era su guardia, su protector. Y tú has hecho que quede como un inútil porque atacaste en el momento en el que yo estaba fuera comprando suministros.

-Yo solo cumplía ordenes, no he hecho nada malo. –Dijo algo asustado el vaquero que antes era tan bravucón.

-Entiendo perfectamente como funciona el código de los cazarrecompensas, tú solo cumples ordenes. Sin embargo, has cobrado una recompensa por un trabajo no concluido, pues no eran doce los “bandidos”. –El joven seguía jugando con el cuchillo entre los dedos, poniendo cada vez más nervioso al vaquero.

-¿No? ¿Y cuantos eran? –El tono de voz del vaquero hacía ver que estaba notablemente asustado.

-Trece. –El cuchillo salió casi disparado desde los dedos del joven y se clavó en la garganta del vaquero. –Yo soy el número trece. Mi nombre es Wolf Eisen, El Lobo de Hierro y hoy me has dejado mal haciéndome fracasar por primera vez en mi vida, pero tanto tú como tu caballo habéis pagado el precio con sangre. –Wolf clavó un segundo cuchillo en la sien del vaquero. –Descansa en paz, yo haré uso de tu recompensa mejor que tú, a fin de cuentas, yo si he cumplido con mi misión autoimpuesta a la perfección. 

-Y en cuanto a tu jefe… le haré una visita ahora mismo. -Dijo el hombre con aspecto serio. 

Al alba dos cuerpos se encontraban colgados de la horca del pueblo de Jacksonville, el del vaquero de nombre desconocido y el de Alejandro. Ambos colgados y despedazados, como si los lobos se los hubieran comido, los lobos del desierto habían hecho justicia en nombre de los inocentes y se había pagado el precio con sangre.