Blog de Alain D. Geiser

Warhammer 40.000

Los lobos.

Escrito por AlainDGeiser 20-11-2014 en Warhammer 40.000. Comentarios (0)

Un pequeño grupo estaba reunido en el salón de Jacksonville, un bar de mala muerte, en una ciudad de poca monta, en medio de ninguna parte, alejada de toda civilización. Eran tres hombres y dos mujeres, estaban todos atentos a la historia que contaba uno hombre de aspecto arisco, con un sombrero vaquero de color negro y un guardapolvos del mismo color. Su piel era clara, sus ojos azules y su pelo castaño claro y con un peinado mohicano, su rostro era cuadrado, de aspecto serio y no tendría más de veinticinco años, tenía una botella de Whisky en la mano y un cigarro en la otra, mientras contaba la historia daba pequeñas caladas al mismo o bebía de la botella como si fuera agua.

-¿Sabéis esos momentos de la vida que nos dejan marcados? Bueno, pues os voy a hablar de uno de esos momentos de mi vida. Este podría bien llamarse El Momento, en mayúsculas porque a decir verdad estuve a punto de palmarla, os lo cuento:

-Hacía calor, una calor sofocante, normal cojones, estábamos en medio del maldito desierto, solos; Pride y yo. Me habían advertido de que era mala idea salir en busca de los bandidos del Cañón de RedWolfs yo solo pero realmente, la recompensa era bastante generosa, ochenta y cinco tronos por toda la banda. ¿Cómo no aceptarla? –Dijo el hombre sonriendo antes de proseguir contando la historia. -Coloqué a mi caballo al borde del Cañón, y oteé en la distancia desde la altura del mismo con la mira telescópica del fusil de caza que llevaba colgado a la espalda. Por suerte mi sombrero vaquero tapaba la luz de los dos soles y me permitía usarla sin cegarme. Malditas bolas de gas incandescente, calentaban todo el ambiente más de lo que a uno le podría llegar a gustar. Y además no servían de nada, solo producían sequedad y que hiciese más calor en ese puto desierto. –Dijo el vaquero dando un trago del Whisky.

-Desde allí observé como la banda organizaba su escondrijo. Eran al menos doce. Todos estaban armados, fusiles de caza, revólveres, cajas de dinamita… La cosa pintaba mal, puede que no saliera de esta, pero la verdad, era eso o morirme de una paliza en el salón de la ciudad si volvía sin el dinero de Bill. –Dijo el tío mientras saludaba a un hombre fornido que estaba en la barra del bar con el camarero. -Había tenido suerte en verdad, ese hombre con acento extraño y vestimentas aún más peculiares me había ofrecido una suma bastante generosa si acababa con aquellos cuatreros, y por esos malditos soles que iba a hacerlo.

-Quité la vista de aquellos maleantes y subí de nuevo sobre Pride, mi mustang, cabalgué a penas medio kilometro, lo suficiente como para que no me vieran descender desde su posición y poder llegar a una zona de cobertura antes de empezar el tiroteo. Eran más que yo, necesitaba la sorpresa de mi parte, y vaya que se iba a conseguirla. Bajé del caballo, até el arnés de seguridad a un árbol y comencé a bajar hasta abajo. Allí estaba yo, frente a doce oportunidades de irme a criar malvas al cementerio de Jacksonville.

-Coloqué mi fusil sobre una roca y me oculté lo mejor que pude detrás de ella, apuntando con cuidado al hombre que fumaba a la entrada de la cueva que estaban usando como refugio. Miré mi arma, parecía en perfecto estado, observé la bala de la recamara y cerré el cerrojo de la misma disponiéndome a disparar sobre el hombre del bigote extremadamente grande con un cigarro en la boca.

-Sé que de algo hay que morir. –Dije en ese entonces. –Pero la bala es más rápida que un cáncer de pulmón.

–Apreté el gatillo, vaya que si lo hice, la bala cruzó el Cañón, haciendo que el disparo resonara por todo el lugar, alcanzando al hombre justo en el pecho, a la altura de los pulmones y saliendo despedido varios metros hacia atrás, cayendo al suelo con la espalda arqueada.  –Fue bastante gracioso como murió aquel cabrón, la verdad, pero os sigo contando que pasó después. –El hombre dio una calada al cigarro y dio un trago a la botella, haciendo al camarero una señal para que le trajera otra.

-El fusil cambió de dirección buscando con la mira mi siguiente objetivo, mi vista certera como siempre encañonó rápido al siguiente bandido antes de que este pudiera ver donde me encontraba yo, un simple clic, seguido de otro trueno en el Cañón fue lo que se escuchó antes de que el segundo cayera al suelo con una bala en el cuello. Rodé por el suelo para seguir en cobertura hasta detrás de otra roca donde podría tomar posición contra los enemigos que ya estaban colocándose tras las dos bajas. La sorpresa se había acabado, más me valía tener cuidado y  no malgastar ninguna de mis balas. Apunté otra vez, esperé antes de efectuar aquel disparo, quería asegurar el blanco. Un hombre vestido con camisa a cuadros, chaleco de cuero y vaqueros oscuros buscaba con su fusil con mira en mi anterior posición a escasos quince metros de donde ahora me encontraba. Tranquilice mi respiración agitada, calmé mi pulso y disparé una sola bala, acertando a aquel viejo en la cabeza, dejándolo sin la misma y haciendo que el cadáver cayera desde su posición hacia abajo. Había un paso elevado al lado de la entrada de la cueva, parecía nuevo, de reciente construcción y dos hombres se habían colocado allí buscándome también con sus fusiles, esta vez no tendría tanta suerte, solo contaba con una oportunidad para acabar con uno, disparar rápido al otro y ponerme a recargar.

-Apunte hacia ambos sujetos, buscando una manera de despacharlos a ambos rápido pero se me venía el tiempo encima. Estaban separados ambos por una distancia de al menos diez metros, demasiada como para dos tiros rápidos, me verían. Necesitaba crear una distracción para que no me localizara el que quedase vivo, y entonces lo vi, uno de esos tipos tenía una granada en el bolsillo, apunté con cuidado, esperando que por favor aquello funcionase. Disparé con el fusil tras colocar la mira sobre la granada y por suerte, acerté. La granada explotó y esos dos hijos de puta se fueron por los aires junto con paso a nivel. –La verdad, que alguien les dé una medalla a los soldados que le dieran una granada a ese imbécil, le debo la vida. –Dijo riendo el vaquero ya algo borracho.

-Y ahora viene lo peor, la cueva, la puta cueva. Saben, generalmente no me gustan las cuevas. Puede haber de todo, osos, lobos, pumas, murciélagos, ¿He dicho ya osos? Como sea, puede haber cualquier cosa en una maldita cueva, pero sin duda lo que más odio son los jodidos bandidos, esos cabrones disparan, y son un auténtico coñazo, en especial cuando vas solo como yo y todos sus cañones buscan tu culo. –Dio otro trago a la nueva botella que le traía el camarero y dejó la misma sobre la mesa con un pulso bastante precario.

-La cueva era de esas de paredes anaranjadas, con tablones de madera asegurando la entrada y cada X metros para evitar que se viniese abajo, estaba bastante bien construida pero se les había olvidado un pequeño detalle, la dinamita estaba fuera y al menos seis de ellos estaban dentro, lo cual me hacía muy fácil mi trabajo, la verdad un descuido muy estúpido pero que a mi me solucionaba gran parte de mi trabajo. –Dio otra calada al cigarro, atragantándose con el mismo. –Pero siendo sincero, no la utilicé. No tengo ni idea de cómo se usan los explosivos, así que lo hice a la vieja usanza, entrada y desalojo.

-Oí un ruido a mi espalda y dios… Que cerca estuve de palmarla, uno de los cuatreros estaba detrás mía con un cuchillo tratando de apuñalarme y justo había pisado una roca y hecho el ruido justo para yo coscarme. Le di un rodillazo en el estomago mientras forcejeábamos por el cuchillo ya que no me daba tiempo a coger el mío del tobillo. Acabamos los dos en el suelo, por suerte yo encima de él y pude golpear su cabeza contra una roca del suelo hasta que se estuvo quieto de una maldita vez. Trepé hasta la parte de arriba no sin antes coger un poco de dinamita, aunque no supiese usarla siempre me podría servir de farol, en aquella zona estaba la cueva que antes describí, y entonces fue cuando empezó la hora de las tortas. –El joven cogió la botella y dio un largo trago, dejándola sobre la mesa después.

-La cueva tenía unos railes en el suelo con una vagoneta en la entrada, cogí la vagoneta y la impulsé un poco hacia delante, me serviría como cobertura llegado el caso. Mientras tanto seguía con mi fusil con una bala en el cargador por lo que antes de entrar retiré esa bala y cambié el cargador, mejor cinco que una. Había contado ya tres bajas con disparos, dos con la explosión y una cuerpo a cuerpo. Si mis cálculos eran correctos quedaban aún seis más y yo solo tenía balas para cinco de ellos antes de recargar. Debido a esto actué con precaución y cogí un trozo de madera de la entrada, colocando el sombrero sobre el tablón imitando una cabeza. Le di un empujón a la vagoneta que avanzó hacia delante con una marcha continua y justo al pasar por una intersección pasó lo que me imaginaba, una auténtica lluvia de balas cayó sobre la vagoneta desde la izquierda sin mediar palabra siquiera. Tras cinco segundos de fuego intenso la lluvia cesó. Aproveché ese instante para apuntar a la intersección de la galería desde mi posición con la suerte de que dos hombres se acercaron a la vagoneta a comprobar el “cadáver”. Justo cuando se inclinaron a verlo, recibieron un único disparo, que atravesó limpiamente la cabeza del primero y perforó el brazo del segundo haciéndole soltar su arma y dándome tiempo a disparar una segunda vez para acabar con su vida sin dilación alguna. –El vaquero volvió a coger la botella, dándole otro trago y tomando otro cigarro del paquete. –Entonces fue cuando decidieron hablar.

-¡Alto el fuego! –Gritó una voz femenina desde la galería lateral. –No sé quien eres pero para de una maldita vez y dinos que coño quieres. –Dijo la voz de una mujer.

-Mi nombre importa poco, y el de mis compañeros igual, lo que queremos es simple, vuestras cabezas, ofrecen ochenta y cinco tronos por ellas. –Estaba claro que lo mío era una farol, pero ellos no lo sabían y la verdad, no perdía nada por intentarlo, por lo que traté de asustarlos un poco y hacerles salir de forma pacífica para luego dispararles a sangre fría sin compasión alguna a la menor oportunidad.

-¿Quién cojones ofrece ochenta y cinco tronos por las cabezas de unos mineros? –Dijo otra voz distinta de la anterior, esta vez de un hombre.

-¿Mineros? No intentéis tomarnos el pelo, sabemos perfectamente que sois ladrones, asaltantes de caravanas, bandidos, llamaos como queráis. –Dije mientras me acercaba poco a poco a la galería lateral.

-¿De qué coño estás hablando? Esto es una mira de oro, la abrimos hace menos de una semana después de haber estado inspeccionado la zona, ni siquiera llevamos aquí siete días. Te estás equivocando del todo, maldito loco. –Dijo la voz de la chica de nuevo. –Mi nombre es Julia Fischer, y de verdad que no somos bandidos.

-¿Y como es que en el pueblo nadie sabe nada de esta mina? –Claramente me estaban mintiendo, no me cuadraba nada de lo que estaban contando, una mira de oro, si claro.

-Es un secreto. ¿Tú irías por ahí diciendo tengo una mina de oro, venid, hay para todos? –Dijo la chica de nuevo. –Habría que ser gilipollas para hacer eso.

-En eso tienes razón, pero sinceramente, me estoy cansando de hablar y tú pronto vas a dejar de hacerlo. Tenéis dos opciones, salir de ahí fuera con las manos en alto y que os ate con cuerdas para llevaros al pueblo, o bien que os vuele la “mina” encima. –Dije sonriendo aunque ellos no me vieran. -¿Qué decidís?

-Estuvieron callados un par de minutos, o al menos yo no los escuché a hablar en ese tiempo. Lo siguiente que escuché fue un tiro en la galería, después otro y finalmente pasos de dos personas. Una joven y un hombre de mediana edad, al menos diez años mayor que yo. –Otro trago a la botella que ya iba medio vacía. –Entonces les apunté con el fusil, y les dije que se echaran hacia atrás, quería ver a los dos muertos de dentro. Me hicieron caso, pasaron ellos delante hasta el final de la sala, iban desarmados, lo cual me favorecía a mi. Apunté a ambos cuerpos y disparé dos veces, una a cada uno.

-No me fio de vosotros, lo siento. –Dije sin entender exactamente porque se habían matado y oliéndome alguna clase de trampa. Disparé al que estaba vivo y cogí a la chica del brazo. -Tú y yo vamos a la ciudad, camina. –Dije a la chica mientras bajaba mi mano para coger el sombrero del tío muerto pues el mío estaba totalmente destrozado por las balas.

-¿Dónde están tus hombres? –Dijo la mujer de unos veinte años mirando a los lados al salir de la mina sin entender donde narices estaban los demás.

-¿Qué hombres? –Dije entonces sonriendo y colgándome el fusil a la espalda. Entonces fue cuando subimos hasta arriba del Cañón y casi muero.

-Pride, mi mustang, estaba muerto, despedazado por lo que parecían haber sido lobos. No podía creerlo y eso me hizo caer al suelo al lado del animal, lo había criado desde que era un potro, y en ese descuido la chica cogió mi arma y tiró de ella, intentando ahogarme. Por desgracia para ella, yo era más fuerte y sobreponiéndome al drama de perder a mi compañero golpeé a la chica en la frente tras arrebatarle mi arma de sus manos y la dejé inconsciente. La cargué a hombros y me la traje hasta la ciudad. –El hombre dio un último trago terminándose la botella entera y miró a los que escuchaban su historia. –Y por eso está esa puta en la cárcel, porque necesitaba pruebas de que acabé con ellos, porque su muerte no me devolverá a mi caballo, pero al menos me dejará un mejor sabor de boca que todos esos malnacidos estén muertos. –Dijo el hombre antes de levantarse de su silla y subir hasta el piso superior a dormir la mona.

A la mañana siguiente el pueblo era un auténtico revuelo, iban a ejecutar a la chica, supuestamente una minera, como ella decía, pero no era otra cosa que una vulgar bandida y asesina. El vaquero que la había capturado estaba a su lado, junto al verdugo que tiraría de la palanca. En primera fila había un hombre, vestido con un traje extravagante y un peinado extraño, no obstante era el hombre más rico del pueblo, Alejandro Shrodinger, y por tanto se le permitía ser todo lo excéntrico que quisiera.

El pueblo estaba reunido, desde el constructor de ataúdes, el carnicero, los agricultores y ganaderos de la zona, que no eran muchos hasta algunos curiosos que se agolpaban en aquellos momentos, atraídos por el olor a muerte de la horca.

Justo cuando el campanario del pueblo dio las doce en punto, Julia fue colgada, ejecutada y el magnate del pueblo sonrió de forma siniestra, lanzando una bolsa al vaquero y marchándose hacia su casa con paso resuelto seguido de un par de guardaespaldas.

Nadie se había fijado en que entre el público asistente, había un joven de veintiún años, de ojos azules y pelo negro muy corto, con extraños dibujos en las zonas más cortas del mismo y dos tatuajes en sus manos, dos águilas bicéfalas. Su vestimenta, un guardapolvos marrón, y un chaleco de cuero con dos cinturones de cuchillos cruzados dejaban claro su oficio, así como el rifle que llevaba colgado a la espalda. Nadie se había percatado de que el joven había dejado caer una pepita de oro cuando la chica murió y aún menos se había fijado en como sus ojos, parecidos a los de un animal se habían fijado en los rostros del vaquero y su mecenas.

Pasadas las horas, el vaquero entró en la taberna, subiendo cabizbajo a su habitación, se sentó en la cama, apoyando su cabeza en las manos, cansado del día. Entonces se percató de que alguien le estaba mirando sentado desde la esquina de su habitación.

-No hagas ni un solo ruido. –Dijo el chico mirándole con los ojos fijos en los suyos. –El más mínimo ruido sin mi permiso y eres hombre muerto.

-El vaquero asintió, fijándose en los tatuajes y los dibujos del cabello, un par de lobos hechos de metal.

-Bien, ¿Quién fue el que te ordenó atacar a esos mineros? –Dijo el joven.

-El Señor Alejandro, el hombre más rico del pueblo, pero el dijo que eran bandidos, no mineros.

-Ya. –Dijo mientras jugaba con un cuchillo entre sus dedos mirando al hombre. –Pues no eran bandidos, eran mineros, y yo era su guardia, su protector. Y tú has hecho que quede como un inútil porque atacaste en el momento en el que yo estaba fuera comprando suministros.

-Yo solo cumplía ordenes, no he hecho nada malo. –Dijo algo asustado el vaquero que antes era tan bravucón.

-Entiendo perfectamente como funciona el código de los cazarrecompensas, tú solo cumples ordenes. Sin embargo, has cobrado una recompensa por un trabajo no concluido, pues no eran doce los “bandidos”. –El joven seguía jugando con el cuchillo entre los dedos, poniendo cada vez más nervioso al vaquero.

-¿No? ¿Y cuantos eran? –El tono de voz del vaquero hacía ver que estaba notablemente asustado.

-Trece. –El cuchillo salió casi disparado desde los dedos del joven y se clavó en la garganta del vaquero. –Yo soy el número trece. Mi nombre es Wolf Eisen, El Lobo de Hierro y hoy me has dejado mal haciéndome fracasar por primera vez en mi vida, pero tanto tú como tu caballo habéis pagado el precio con sangre. –Wolf clavó un segundo cuchillo en la sien del vaquero. –Descansa en paz, yo haré uso de tu recompensa mejor que tú, a fin de cuentas, yo si he cumplido con mi misión autoimpuesta a la perfección. 

-Y en cuanto a tu jefe… le haré una visita ahora mismo. -Dijo el hombre con aspecto serio. 

Al alba dos cuerpos se encontraban colgados de la horca del pueblo de Jacksonville, el del vaquero de nombre desconocido y el de Alejandro. Ambos colgados y despedazados, como si los lobos se los hubieran comido, los lobos del desierto habían hecho justicia en nombre de los inocentes y se había pagado el precio con sangre.


La caída de Sibellus. 2ª Parte de El Arbitrador.

Escrito por AlainDGeiser 17-09-2014 en Warhammer 40.000. Comentarios (0)

Era una mañana normal en el Palacio de Justicia, el cuartel general de los Arbitradores de la colmena Sibellus. Entonces fue cuando recibieron la alarma. Había disturbios en la ciudad, alguien o algo había incitado al pueblo a una rebelión y por tanto era el turno de que el Orden fuera restablecido en la colmena.

Jeriko estaba despierto desde bien temprano, recogió su equipo y se encaminó al garaje del cuartel. Allí se encontró con nueve de sus compañeros Arbitradores, dos de ellos se subieron a la parte de delante del furgón mientras los otros ocho incluyéndose a si mismo se metieron en la parte de atrás del mismo. Dentro del vehículo Jeriko preparó su equipo concienzudamente. Colocó bien la correa del lado derecho que llevaba colgado su fusil de asalto con silenciador, en esa misma correa se encontraban dispuestos dos cargadores para el mismo fusil, lo que incluyendo el que portaba el arma en su interior eran tres, noventa balas que serian repartidas en caso de necesitarse. Colocó la correa del lado izquierdo en la cual estaban dispuestas en horizontal ocho cartuchos de escopeta, que junto a los otros ocho del interior del arma y los que portaba en la culata hacían un total de veinticuatro. Además de eso llevaba una pistolera en la pierna izquierda con una pistola de bajo calibre con silenciador, dispuesta así por si se terciaba la oportunidad de dispararla. En su mano derecha, la no hábil, se encontraba su escudo antidisturbios. Un escudo negro con una calavera imperial de color marfil en su parte delantera. Un símbolo de poder, un símbolo de protección del Dios Emperador. Por último al lado derecho del cinto llevaba su porra y a su espalda su fiel escopeta corredera a la cual había añadido una mira laser para apuntar mejor y una empuñadura adicional para poder usarla a la vez que portaba el escudo con la derecha.

Justo al acabar de preparar su equipo el vehículo se paró tras recibir algunos pequeños golpes y bamboleos. Entonces la puerta se abrió y se encontró de frente con una marabunta de alrededor de cien mil personas, todas dispuestas a tomar las calles, la cual estaba defendida por varias filas de Arbitradores todos armados con porras y escudos.

Los Arbitradores no estaban usando fuerza letal, simplemente echaban hacia atrás a la multitud usando la violencia necesaria, ni más ni menos. Entonces uno de los insurrectos se acercó corriendo a Jeriko con una barra de hierro en la mano, a lo que Jeriko contestó parando el golpe con el escudo y asestando él mismo un golpe con su porra, con tan mala suerte para el pobre individuo que de un único golpe acabó tendido en el suelo sin poder levantarse de nuevo al caer inconsciente del golpe. Entonces un Alto Procurador de los Arbitradores pronunció sus palabras favoritas.

- Abrid fuego. –Dijo el Alto Procurador a los demás Arbitradores que abrieron fuego inmediatamente.

Entonces la multitud comenzó a recular y volver a sus casas, dejando tras de si una pequeña cantidad de cadáveres. Pequeña en proporción a la cantidad de gente que habitaba la ciudad.. pero allí se perdieron al menos mil vidas solo por no haberse ido cuando se les pidió sin usar fuerza letal.

-A veces se les olvida que esto lo hacemos por su bien.. que a nosotros no nos gusta matar humanos, si no protegerles. Incluso de ellos mismos si es necesario. –Dijo Jeriko mientras enfundaba la porra en el cinto y montaba de nuevo en el furgón junto a sus compañeros sin darse cuenta de que la sangre de los caídos en la rebelión empezaba a teñir de rojo el suelo de las calles de la colmena Sibellus.

Pasadas dos horas de viaje a través de los distintos niveles de la colmena el furgón volvió al Palacio de Justicia y justo en ese momento, se paró de golpe el vehículo.

Entonces el conductor se bajó. Se oían sonidos de explosiones y disparos de armas de fuego en toda la zona y eso hizo que Jeriko bajara rápido del vehículo con su escopeta en la mano izquierda y el escudo en la derecha. Colocándose de lado contra el vehículo vio dos formas con túnicas negras y mascaras plateadas plantándole cara a unos Arbitradores y matándolos de sendos tiros en el pecho a ambos agentes de la ley. Entonces Jeriko avanzó hacia ellos con paso decidido seguido de un par de compañeros más que en seguida se perdieron en medio del polvo y el humo levantado por las explosiones mientras el furgón salía disparado hacia delante atravesando la niebla.

El primero en abrir fuego fue uno de los sujetos enmascarados que erró su disparo, y fallando así la única oportunidad de vivir que tenía. Jeriko levantó su escopeta y disparó un único disparo que alcanzó al objetivo en varias partes del cuerpo dejándolo hecho una masa sanguinolenta en la pared de detrás. El otro enemigo disparó su arma contra el Arbitrador que escondió sus ojos de color verde tras el escudo, el ataque resultó del todo ineficaz y este no consiguió acertar en el Arbitrador que tras el ataque de su enemigo dio dos pasos hacia delante y colocándole la escopeta en la barbilla disparó, haciendo que ese hombre le explotara la cabeza en un espectáculo de fuegos artificiales algo sangriento.

-Esto pasa cuando atacas mi casa y matas a mis hermanos. –Dijo el Arbitrador hombre de pocas palabras mirando el cadáver del hombre al cual le había volado la cabeza.

Tras decir estas palabras Jeriko cruzó la humareda que le separaba de la entrada al cuartel. Mientras andaba se cubría con su escudo, protegiéndose de los disparos que otro hombre estaba lanzando desde la puerta con un arma automática. La primera ráfaga del sujeto en cuestión falló al intentar impactar en Jeriko pero dio en el pecho de uno de sus compañeros que se encontraba detrás de él a pocos metros a su derecha. Entonces Jeriko se encogió un poco tras el escudo, protegiéndose con más cuidado y sin acercarse aún a su enemigo a distancia de escopeta sacó la pistola y de dos disparos hizo que el hombre se levantará de su posición y dejara la guardia baja lo suficiente como para que un Arbitrador se le acercara por la espalda y le golpeara con la culata en la nuca, matándolo en el acto.

Jeriko avanzó entonces seguro hasta la puerta, subiendo la escalera con rapidez y entonces reparó en la mascara de hierro que tenían los hombres.

Jeriko se agachó al lado del cadáver y cogió la mascara con cuidado, guardándola en su gabardina antifragmentación. La mascara hecha de hierro tenía un solo ojo y al quitarla de la cara del hombre que la llevaba pudo verse su rostro. Un rostro terriblemente deformado con un solo ojo en el centro del mismo.

-Un culto de mutantes.. atacan nuestro cuartel, e intentan tomar nuestra ciudad. –Dijo Jeriko mientras se volvía a levantar y recargaba sus armas para tenerlas dispuestas para el combate. –Pues que se preparen.

El Arbitrador, seguido del hombre que había acabado con el mutante entraron en el cuartel. Las puertas estaban reventadas y un furgón policial estaba empotrado contra la pared del fondo, alrededor de él yacían muertos al menos veinte mutantes, y siete Arbitradores estaban allí, construyendo una muralla con los cadáveres de los mutantes para resistir el ataque.  Jeriko se adelantó antes de que hablaran los demás y preguntó con rapidez al que parecía dirigir la defensa.

-¿Sabes donde está la mayoría de las fuerzas enemigas? –Preguntó expectante Jeriko.

-No tengo la menor idea, solo sé que no dejan de venir más y más enemigos y que no podemos salir de aquí porque si toman el hall estamos vendidos. –Dijo el hombre a Jeriko.

-Está bien, yo voy a la sala de instrucción, quizás queden cadetes aún con vida, y merecen la oportunidad de luchar por salvarlas. ¿Alguien me acompaña? –Dijo mirando a los hombres que estaban allí.

-Nosotros iremos. –Dijeron tres de los hombres y el que le había ayudado hacía un momento.

-Estupendo, vamos a por nuestros hermanos. –Una media sonrisa apareció en el rostro del Arbitre que se llevó la mano al lado derecho de la gabardina tomando su petaca y dándole un trago al Whisky que llevaba dentro.

Jeriko y los demás Arbitradores llegaron al pabellón de los cadetes donde se encontraron de frente con un ataque masivo de mutantes contra cadetes y agentes que estaban superados en número. Un grupo de veinte mutantes estaba disponiendo un ataque contra los chicos y entonces justo en el momento en el que iban a atacar a los cadetes Jeriko colocó su escudo delante de él y sacando su rifle de asalto lanzó un barrido contra los mutantes. Sus camaradas se le unieron con rapidez así como los cadetes y agentes del otro lado, pillando a los mutantes en fuego cruzado y acabando con ellos con una eficacia escalofriante.

-¿Estáis bien? –Pregunto Jeriko al que parecía ser el líder del otro grupo.

-Si, algunos heridos pero estamos bien. –Dijo el hombre con claro signo de agradecimiento por la ayuda recibida.

-Me alegro de oír eso. ¿Sabes donde está Ishmael? –Inquirió Jeriko al joven con el que hablaba.

-Si, se fue con un pequeño grupo de unos diez hombres hacia las oficinas. –Dijo el chico mirando a Jeriko, al cual reconoció ahora que estaba más tranquilo como el Arbitrador que había sobrevivido a una incursión en territorio de sectas caníbales.

-Vale. ¿Quién se viene conmigo y quien se queda a defender esta zona y a los heridos? –Pregunto Jeriko.

-Yo iré contigo. –Dijo el chico terminando de recargar su escopeta de dos cañones.

-¿Nadie más viene? –Preguntó Jeriko que esperó cinco segundos sin recibir respuesta.  –Estupendo, más mutantes para nosotros. Vámonos chico. –Dijo con una sonrisa cansada mientras recogía su escudo del suelo y apoyaba su escopeta en el hombro dirigiéndose hacia el piso de arriba donde se encontraban las oficinas.

Allí se encontró de frente con una autentica carnicería, cuerpos de arbitradores y mutantes, más de estos últimos que de los primeros se encontraban por todos lados. Algunos incluso estaban clavados a la pared con espadas atravesándoles el pecho. Era realmente un espectáculo dantesco. Pero sin embargo eso no asustó a Jeriko ni a su cadete, el cual seguía a su lado sin vacilar, esperando ver al hombre que tenía delante actuar como se esperaba de alguien como él, con valentía. Caminaron con cautela hasta que uno de los dos escuchó un ruido en una de las habitaciones laterales. Entonces se acercaron a ella y usando el código morse que usaban los arbitres en casos como aquel practicaron un SOS dando golpes en la puerta. Al otro lado de la puerta se les respondió con el mismo código.

Jeriko abrió la puerta con cuidado y al ver a un Arbitrador se relajó un poco.

-¿Te pasa algo, estás herido? –Quiso saber Jeriko que miró al otro hombre de arriba a abajo.

-Apenas un rasguño, pero me he quedado sin munición. –Dijo el hombre que iba armado con una pistola de bajo calibre.

-Toma la mía y síguenos. –Dijo Jeriko pasándole su pistola y el par de cargadores que tenía encima. –Vamos a por Ishmael y los demás, parece que tienen un tiroteo en las oficinas.

-Claro, vamos hacia allá.  –Dijo el arbitrador que recargó su arma con uno de los cargadores y colocó la de Jeriko a punto por si se terciaba utilizarla.

Los tres arbitradores caminaron apenas unos metros cuando volvieron a escuchar ruido en uno de las habitaciones laterales. Volvieron a proceder de la misma forma, usando el código morse procedieron con el SOS y les respondió de la misma forma. Entonces Jeriko abrió la puerta y de golpe se encontró con un mutante que se le echó encima con un cuchillo que al intentar golpearle no llegó a traspasar su gabardina antifragmentación. Justo cuando tuvo un poco de espacio se echó hacia un lado y dijo: Disparad.

El cadete disparó con su escopeta de dos cañones pero erró en el disparo, mientras que el arbitrador armado con la pistola disparo una ráfaga que dio de lleno en el pecho del mutante el cual cayó al suelo con un ruido sordo al golpear el mismo.

-Busca un arma más adecuada, quizás haya algo por aquí. –Dijo Jeriko mientras vigilaba que ningún otro enemigo les atacase mientras se pertrechaban sus compañeros.

El chico recogió un fusil de asalto con varios cargadores, mientras que el de las pistolas prefirió quedarse con sus armas.

Después de equiparse los tres arbitres caminaron otro trecho más hasta llegar a una zona de ordenadores donde un solo Arbitrador plantaba cara a cinco mutantes.

Entonces Jeriko procedió como antes y sacó su rifle de asalto golpeando a dos mutantes y matando a uno en el acto con varios tiros, quedándose con diez balas en el cargador. Mientras esto ocurría el Arbitrador se levantó a disparar a uno, fallando en el intento y recibiendo dos tiros que acabaron con su vida. Como el rifle de asalto de Jeriko estaba provisto de silenciador aún le quedaba la opción de volver a disparar y así lo hizo antes de que se diera la vuelta el otro mutante, por desgracia falló ese ráfaga y solo le quedo la opción de colocarse tras su escudo el cual recibió una ráfaga de la pistola del mutante.

Mientras tanto el cadete y el Arbitrador de las pistolas dispararon sus armas matando al instante a uno de los enemigos y  quedándose el combate en un tres contra tres.

El mutante de la pistola disparó de nuevo contra Jeriko con tal mala suerte que se le encasquillo el arma.  Jeriko entonces fue a por el y disparó su escopeta, golpeándolo pero no matándolo.

Mientras tanto el Arbitrador de la pistola estaba en un tiroteo contra el otro mutante que falló su disparo y sacó un hacha de mano acercándose al Arbitrador. Éste disparó contra el golpeándolo en el pecho pero sin matarle. Cuando lo tuvo encima de él un solo golpe del hacha del mutante más el daño que ya le habían hecho antes de conocer a Jeriko terminó por matarle.

Durante esos dos combates el cadete estaba disparando al mutante al cual dejó tocado con una ráfaga del rifle de asalto sin embargo el mutante se acercó al cadete con la bayoneta del mosquete que llevaba y se la clavó en el hombro, haciendo que el cadete profiriera un grito de dolor mientras golpeaba al mutante con su porra partiéndole varias costillas, que éste pareció no sentir.

Jeriko estaba aún trabado en combate con el hombre de la pistola encasquillada, pistola que tiró al suelo y desesperado por acabar con Jeriko sacó una pistola de chispa. Tal fue su mala suerte que al disparar la pistola este le explotó en la mano arrancándole la mano y haciéndole morir en el suelo desangrado e inconsciente.

Entonces Jeriko corrió a ayudar a su compañero caído, pero ya era demasiado tarde por lo que simplemente disparó desde donde estaba golpeando al mutante que había matado al Arbitrador de la pistola, matándole también a él. Comenzó a correr a socorrer al cadete pero justo al llegar a su lado el mutante volvió a clavarle la bayoneta en el pecho matándolo en el acto. Jeriko disparo al mutante en la espalda al ver como la luz en la mirada del chico se apagaba, muriendo ambos, arbitrador y mutante con diferencia de milésimas de segundo.

Jeriko se acerco al cadáver del chaval, buscando su placa y la colocó en el interior de su gabardina, se acercó al del otro arbitrador y cogió su placa también, ambos habían muerto en acto de servicio.. eran hermanos que acaban de morir por ayudarle a él a salvaguardar la paz del Imperio, merecían un respeto. Cogió su pistola y sus cargadores del cadáver del Arbitrador y se dispuso a seguir hacia delante, dejándose llevar por el sonido de los disparos y el olor a pólvora quemada.

Tras unos minutos caminando por las oficinas del Palacio de Justicia Jeriko se encontró de frente con un combate entre ambos bandos, Arbitradores comandados por Ishmael contra mutantes comandados por un hombre que vestía una armadura de placas y portaba una espada sierra. Ishmael y el comandante de los mutantes estaban enfrentándose  en un duelo a espada en el que nadie parecía intervenir pues estaban bastante liados con los suyos propios. Jeriko comenzó a correr hacia allí pero por desgracia para el un mutante le atrapo por la espalda impidiéndole moverse y continuar con su avance. Por desgracia para el mutante Jeriko contaba con su pistola en la pernera izquierda y disparó dos ráfagas en la pierna del mutante, matándole y librándose así de la presa que le tenía sujeto.

Siguió hacia delante y preparó su disparo con cautela, apuntando previamente al mutante con sumo cuidado para no darle a Ishmael. Disparó y por desgracia el mutante esquivo el disparo, no así el que estaba detrás de él, el cual recibió las tres balas en su cabeza.

-A la primera… -Dijo Jeriko riendo mientras recargaba su arma y volvía a disparar al líder de los mutantes, golpeándole esta vez en el pecho izquierdo y haciéndole saltar un par de placas del pecho. El mutante le miró con chulería a lo que Jeriko contestó con simple gesto con su dedo corazón. Esto hizo que el líder del culto hiciera que dos de sus subalternos fueran a por él.

-¿Solo dos? Decepcionante. –Dijo Jeriko que preparo su escopeta para dispararle al mutante que cargaba hacia el con un hacha de batalla a dos manos. Tal fue el disparo que el mutante salió volando hacia atrás, dejando en el suelo solo su hacha, que quedó suspendida en el aire durante una fracción de segundo para caer donde antes también estaba su dueño. Jeriko preparó entonces una posición defensiva para defenderse de la carga de su enemigo.

Cuando chocaron el Arbitrador hizo uso de la energía cinética del mutante y de su propia fuerza para hacer palanca con el escudo y lanzarlo por encima suya. Cosa que logró. Mientras el mutante caía al suelo Jeriko ya estaba de nuevo en pie y apuntando a su cara con la escopeta, la cual de un único tiro hizo escabechina al mutante. –En todos los aspectos… -Dijo mientras se giraba a ver como iba el duelo de Ishmael, el cual para su desgracia acaba de ser decapitado por el mutante.

-Ese.. era tu seguro de vida. –Dijo Jeriko lanzando una granada que llevaba a su espalda oculta por la gabardina. La granada cayó perfecta, a los pies del mutante pero no explotó, el mutante la cogió con parsimonia y la lanzo hacia atrás dejándola caer encima de un grupo de sus propios subalternos y matando a un par de ellos. –Todo estaba calculado. –Dijo Jeriko quitándole hierro al asunto. Y apuntando al mutante al cual disparó con su escopeta golpeándole en el pecho y quitándole parte de su armadura de nuevo.

Fue entonces cuando el mutante lanzó a sus pies la cabeza de Ishmael… lo cual hizo que Jeriko entrara en cólera. Volvió a disparar al mutante errando el disparo y entonces fue cuando lo tuvo encima y escuchó el sonido de su espada sierra cerca de él.. un sonido estremecedor.  Jeriko paró el primer golpe con su escudo, desviando el arma del líder mutante y golpeándole con su porra sin hacerle daño. Este volvió a golpearle y a duras penas consiguió bloquearle el golpe.

-Puestos a morir… que sea mejor llevándote conmigo. –Dijo Jeriko sacando su última granada y dejándola caer a los pies del mutante protegiéndose con su escudo de la explosión.

Una sonora explosión hizo volar al mutante cinco metros hacia detrás mientras que solo hizo que Jeriko se cayera de espaldas, con la cabeza de Ishmael aún a sus pies pues la había protegido con su escudo.

Desde el suelo vio como el mutante se levantaba, Jeriko respondió con un disparo desde el suelo el cual destruyo los tendones del brazo izquierdo de su enemigo.. por desgracia el problema era el derecho donde llevaba su espada sierra.

Jeriko se levantó como pudo y espero al líder del culto mientras un Arbitrador que había terminado de combatir le disparó en la cadera rompiéndole algunas costillas e impidiendo que se moviera con la suficiente rapidez. El mutante volvió a atacar a Jeriko con fuerza inusitada para un hombre moribundo como aquel, por desgracia para Jeriko esta vez no bloqueo el golpe y se llevó un profundo tajo en el pecho, tras el cual el mutante le dio una patada que lo hizo alejarse varios metros hacia atrás.

-Craso error.. yo soy de distancias largas. –Dijo Jeriko disparando desde el suelo con su escopeta al malnacido y dándole en el pecho.

Igualmente el mutante siguió moviéndose hacia él, obsesionado con destruirle. Entonces el mismo Arbitrador de antes le dio con otro disparo el cual le destruyo la columna vertebral haciéndole caer al suelo aún con un último aliento de vida pero sin posibilidad de moverse.

Jeriko se levantó del suelo con ayuda de su escudo y escopeta, usándolas como muletas y se acercó a una distancia prudencial del mutante. Apuntando a la cabeza del mismo con su escopeta disparo, reduciéndola a algo parecido a pulpa de fruta. –Eso va por Ishmael. –Dijo Jeriko mientras se agachaba a coger la espada sierra del enemigo y la guardaba en su mochila como recuerdo.

Se acercó al cadáver de Ishmael el cual era fácilmente reconocible por no tener su cabeza, y también le faltaba un brazo el cual estaba a unos pocos metros del cuerpo. Jeriko se arrodilló a su lado, cogiendo su placa y colgándola junto a las de los otros dos arbitradores que habían luchado a su lado.

-Descubriré quien está detrás de esto.. tenéis mi palabra. –Dijo Jeriko mirando a las placas de sus compañeros caídos en combate. –Acabaré con todos ellos aunque sea lo último que haga.

-Señor, tenemos que irnos, la ciudad está perdida.. –Dijo una voz a su espalda, era el Arbitrador que había destruido la columna del líder de culto.

-¿La ciudad entera? –Dijo Jeriko quedando los ojos en blanco. –¿Cómo.. es eso posible?

-No lo sé señor, pero prácticamente esto es todo lo que queda del cuerpo de Arbitradores de Sibellus. –Dijo señalando apenas a los doscientos arbitradores que había en la sala.

-Está bien.. ¿a dónde vamos? –Quiso saber Jeriko.

-Al yermo, nos han dado ordenes de ir a un asentamiento que hay allí. Desde allí podremos reorganizarnos y esperar los refuerzos del Imperio. –Dijo el Arbitrador.

-Vayamos entonces… -Dijo Jeriko levantándose del suelo y caminando renqueante el camino de vuelta.

Al llegar al vestíbulo se encontró con la sorpresa de ver a los mismos cuatro arbitradores que había dejado allí cuando fue a buscar a los reclutas. Se subió al vehículo junto a ellos y se fueron en dirección al yermo de fuera de la ciudad colmena.

Cuando llegaron al asentamiento Jeriko fue directo al hospital de campaña.

-Cuando puedan cúrenme, lo mío no corre prisa.. es mejor que se ocupen de los más graves primero. –Dijo al ver como un médico se le acercaba rápidamente al ver su herida sangrante en el pecho.

Haciendo caso omiso de lo dicho el médico lo llevo hasta una camilla donde lo dejó tumbarse y comenzó a curarle su herida.

Al cabo de unos minutos cuando hubo acabado se quedó dormido unos veinte minutos hasta que escuchó una voz conocida y olió algo maravilloso a su lado, Whisky.  Abrió los ojos y se encontró de frente con el Inquisidor Gideon.

-Buenas tardes, señor. –Dijo Jeriko mirando al Inquisidor a los ojos.

-No tan buenas para ti al parecer. –Dijo el Inquisidor mirando los vendajes.

-Esto no es nada, el otro acabó peor. –Dijo sonriendo de medio lado y dando un trago a la botella que el Inquisidor había traído.  -¿Qué hacéis aquí, en el asentamiento?

-Han llegado al fin las dos personas que hacían falta para el sequito inquisitorial. Te esperamos en el bar del asentamiento. –Dijo Gideon levantándose y marchando hacia el bar.

-Este hombre es terriblemente raro.. pero tiene buen gusto con el Whisky. –Dijo sonriendo el Arbitrador mientras se levantaba y comenzaba a vestirse. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su gabardina antifragmentación estaba rota. –Necesitaré otra nueva. –Dijo apenado mientras acariciaba las placas de sus compañeros con su mano izquierda.

Jeriko se levantó de la cama ya totalmente equipado y fue hasta el bar que le había indicado el Inquisidor.

Se lo encontró con dos chicas, una joven alta con el pelo muy largo y una chica pequeñita con un.. martillo a dos manos. Desde luego el grupo era heterogéneo y bastante raro. Echaba en falta allí a Metallus y al asesino que se le presentó en la última ocasión y cuyo nombre no recordaba.

-Me llamo Jeriko Dariel. –Dijo al sentarse el hombre de treinta y tres años y cabellos grises. – Y hasta hace unas horas, era un Arbitrador de esa ciudad de allí. –Dijo señalando con la cabeza la Colmena Sibellus.

Jeriko sacó la botella de Whisky que el Inquisidor había dejado en el hospital y de dispuso a beber de la misma.

-Falta Mira. –Dijo Gideon mirando a los tres, de uno en uno. -Ah, aquí está… -Dijo al ver como un guardia imperial dejaba una armadura imperial de color verde bosque. –Esa armadura podría valerte, Jeriko. –Dijo el Inquisidor al Arbitrador.

-Yo solo visto de negro. Y a veces de gris muy oscuro. –Dijo riendo. -Pero podría pintarla así que me la quedaré. –Dijo Jeriko mirando la armadura que pronto usaría para luchar contra esos mutantes.  -¿De quien era? –Preguntó el Arbitrador mirando la armadura.

-De una chica llamada Mira, por suerte las armaduras del imperio son unisex, así que te valdrá perfectamente. –Dijo el Inquisidor levantándose sin más del asiento.

-Ahora bien solo quedan tres personas más por venir, cuando estemos todos.. veremos lo que hacemos con la Colmena, descansad y cuídate esas heridas, Dariel.

Y así terminó el día y cayó la ciudad colmena de Sibellus. Seis mil millones de vidas.. la gran mayoría perdidas. Y mirando la ciudad Jeriko adivinó algo.. tendría que volver atrás, tendría que volver a entrar para buscar a alguien.. Metallus saldría de allí, con vida. No dejaría atrás a nadie esta vez, no dejaría que otro muriese a manos de esos mutantes.


El Abitrador.

Escrito por AlainDGeiser 17-09-2014 en Warhammer 40.000. Comentarios (0)

Esta es la historia de un hombre. Un humano nacido en los barrios bajos de una ciudad colmena en un mundo alejado varios miles de millones de años luz de la Tierra. Es para que os hagáis una idea antes de empezar un hombre que se dedica a perseguir y eliminar a aquellos individuos que incumplen las leyes y se resisten a ser arrestados o simplemente son prescindibles.

- Entonces me sacaron la bolsa de tela de la cabeza y un montón de luces blancas y amarillas me cegaron y me obligaron a cerrar los ojos. Sentí un golpe en el estomago y eso hizo que me agachará y cayera de rodillas desorientado.

“¿Quién diablos eres?” me preguntó el hombre, que por su voz no tendríamos mucha diferencia de edad.  –Dije mientras cogía el vaso de agua y bebía unos sorbos, limpiándome la boca y quitándome una pequeña mancha de sangre de la cara para luego continuar hablando.

-Seguí sin contestar, no quería hablar con ellos, ni tan siquiera darles una pista de quien era y que había venido hacer a aquella parte tan baja de la colmena Sibellus. En ese momento levanté la vista mirándolos con desprecio, el desprecio característico de las personas como yo cuando ven a alguien que con las mismas oportunidades que yo había tenido había elegido el camino del mal y la traición al Emperador en lugar de luchar por el bien de la humanidad, no eran más que escoria pandillera como la que abunda en esos niveles de la Colmena. –Volví a beber algo de agua y esta vez se me hizo algo más difícil tragarla, me costaba tragar aún después de lo ocurrido allí abajo.

-Siguieron golpeándome, cada vez más fuerte, incluso en la cara. ¿Ve? –Dije girando mi rostro para que vieran mi amoratado ojo verde, el cual tenía un marco violeta alrededor, bastante colorido comparado con mi piel clara. –Seguía sin hablar, no solté una palabra y entonces uno de los tíos que estaba allí se adelanto y me golpeo fuerte con la culata de su arma en la boca, saltándome esta muela de aquí. –Dije mostrando una muela que llevaba en mi bolsillo y señalando el hueco de mi mandíbula. –De todas formas seguí allí, impertérrito, recibiendo golpes a cada nueva pregunta. “¿Quién diablos eres ?¿Para quién coño trabajas? ¿Quién es tu jodido contacto? ¿Acaso no me oyes, eres sordo, mudo o qué, gilipollas?” Todas esas preguntas, y a cada silencio mío le seguía un puñetazo, golpe o algo similar en cualquier parte de mi cuerpo pero yo seguía sin hablar, sin mostrar miedo ni acobardamiento. Por cada golpe recordaba porque estaba allí, por cada gota de sangre que caía en el suelo uno más de mis hermanos viviría, así es como me mantuve entero en ese momento… entonces fue lo peor. –Dije tragando saliva y acariciándome el cuello, donde tenía unas marcas de cuerdas. 

-Me volvieron  a poner la capucha y me llevaron por una serie de pasillos, primero izquierda durante cinco metros, luego derecha por otros diez y otra vez izquierda cinco metros hasta que llegamos a una puerta que abrió uno de ellos, haciéndome pasar a mi primero. Entonces fue cuando me colocaron la cuerda alrededor del cuello y noté como me obligaban a subir a una silla. “Aquí termina tu silencio imbécil, podrías haber hablado y habrías muerto con una bala entre ceja y ceja, pero tenías que hacerte el tipo duro y por eso morirás como el perro que eres, ahogado… luego usaremos tu cuerpo para alimentarnos.” –Cogí el agua que quedaba en el vaso y la bebí sediento.  –Entonces fue cuando antes de me colgaran hablé, “Todo termina aquí”, dije antes de que un sonido me hicieran entender que la silla que había debajo mía había desaparecido…. todo se volvió negro durante algunos segundos y solo pude escuchar dos ruidos, dos ruidos que conocía muy bien y que cada día alegraban mi corazón. ¡PUM! ¡CAGHCAGH! Y dos cuerpos cayendo al suelo como si fueran plomo. –Saqué mi petaca, y bebí de la misma un pequeño trago de mi Amasec.

- Escuché sonido de pasos y sentí como unos brazos me empujaban hacia arriba y me permitían volver a respirar con dificultad debido a la bolsa de la cabeza, la cual enseguida me quitaron. Respiré con ansia y observé con placer la placa de mi compañero, una reluciente placa identificativa de Arbitrador se encontraba ante mis ojos, mi instructor, Quint Ishmael. “Pensé que te habías ido ya, cadete.” –Dijo el hombre mientras me daba la mano y me ayudaba a levantarme del suelo donde me encontraba.  Entonces me dio la escopeta que llevaba en su espalda, mi vieja pero fiable Namaste, una escopeta corredera que había comprado después de algunos meses de salario ahorrado. No la podía haber traído a la fiesta antes porque venía con intención de infiltrarme y mi escopeta tenía en su culata tallada la imagen del Adeptus Arbitre el cuerpo al cual pertenecíamos tanto ella como yo por lo tanto me hubiera delatado, no obstante ahora daba igual.. y el sigilo ya no importaba en absoluto.

- Volví sobre mis pasos, girando a la derecha a los cinco metros, a la izquierda a los diez y a la derecha de nuevo a los cinco y entonces encontré una puerta de madera cerrada, y tras esa puerta había lo que sin duda estábamos buscando mi instructor y yo. Ambos dimos dos pasos hacia delante y con todas nuestras fuerzas golpeamos la puerta abriéndola de una patada. Justo al bajar los pies sonaron de nuevo nuestras amigas. El sonido de los disparos, el amartillamiento del siguiente cartucho al correr la parte de abajo, todo eso… era música para mis oídos.

- Pero lo mejor de todo, fue lo que pasó a continuación. –Dije volviendo a beber de mi petaca a la cual hacía un rato que ignoraba pues la emoción de los recuerdos era demasiada como para pararme a beber. – Caminé dentro de la habitación golpeando con mi bota un fragmento de la puerta que había interceptado uno de nuestros perdigones y había quedado destrozada. Anduve sobre los restos desperdigados de aquellos pandilleros hasta que llegué a el jefe de aquella escoria y me acuclillé a su lado apuntándole a la cara con la escopeta pues sus brazos estaban… indispuestos siendo una masas sanguinolentas en el suelo.  –Mi nombre es Jeriko Dariel. Mi jefe es el Emperador. Mi contacto es su Justicia. Y lo que soy es un Arbitrador.  Entonces me levanté y apreté el gatillo que desencadenó el fin de la vida de ese hombre, el líder de una banda de caníbales y herejes de la Colmena de Sibellus.  Coloqué mi escopeta en el hombro y  caminé al lado de mi instructor rumbo hacia el cuartel de los Arbitradores. –Dije reclinándome en el asiento dando un último trago de la petaca.

-¿Ese es su informe final? –Dijo el hombre vestido con uniforme que tenía delante.

-Si señor, ese es mi informe. ¿Ocurre algo? –Dije mirándole a los ojos fijamente.

-Si… ocurre que eres un cabrón con suerte, Jeriko. –Dijo cogiendo un cigarro del bolsillo interior de su abrigo blindado y tirándome otro a mi. –Ten cuidado en la próxima. Puede que Quint no esté siempre para salvarte el culo. –Dijo el hombre mientras yo me levantaba para salir de la sala.

-Para la próxima, señor, entraré directamente con la escopeta por delante y una porra eléctrica cubriéndome por detrás. –Dije mientras salía de la sala con el cigarro encendido y echando el humo.