Blog de Alain D. Geiser

El Abitrador.

Esta es la historia de un hombre. Un humano nacido en los barrios bajos de una ciudad colmena en un mundo alejado varios miles de millones de años luz de la Tierra. Es para que os hagáis una idea antes de empezar un hombre que se dedica a perseguir y eliminar a aquellos individuos que incumplen las leyes y se resisten a ser arrestados o simplemente son prescindibles.

- Entonces me sacaron la bolsa de tela de la cabeza y un montón de luces blancas y amarillas me cegaron y me obligaron a cerrar los ojos. Sentí un golpe en el estomago y eso hizo que me agachará y cayera de rodillas desorientado.

“¿Quién diablos eres?” me preguntó el hombre, que por su voz no tendríamos mucha diferencia de edad.  –Dije mientras cogía el vaso de agua y bebía unos sorbos, limpiándome la boca y quitándome una pequeña mancha de sangre de la cara para luego continuar hablando.

-Seguí sin contestar, no quería hablar con ellos, ni tan siquiera darles una pista de quien era y que había venido hacer a aquella parte tan baja de la colmena Sibellus. En ese momento levanté la vista mirándolos con desprecio, el desprecio característico de las personas como yo cuando ven a alguien que con las mismas oportunidades que yo había tenido había elegido el camino del mal y la traición al Emperador en lugar de luchar por el bien de la humanidad, no eran más que escoria pandillera como la que abunda en esos niveles de la Colmena. –Volví a beber algo de agua y esta vez se me hizo algo más difícil tragarla, me costaba tragar aún después de lo ocurrido allí abajo.

-Siguieron golpeándome, cada vez más fuerte, incluso en la cara. ¿Ve? –Dije girando mi rostro para que vieran mi amoratado ojo verde, el cual tenía un marco violeta alrededor, bastante colorido comparado con mi piel clara. –Seguía sin hablar, no solté una palabra y entonces uno de los tíos que estaba allí se adelanto y me golpeo fuerte con la culata de su arma en la boca, saltándome esta muela de aquí. –Dije mostrando una muela que llevaba en mi bolsillo y señalando el hueco de mi mandíbula. –De todas formas seguí allí, impertérrito, recibiendo golpes a cada nueva pregunta. “¿Quién diablos eres ?¿Para quién coño trabajas? ¿Quién es tu jodido contacto? ¿Acaso no me oyes, eres sordo, mudo o qué, gilipollas?” Todas esas preguntas, y a cada silencio mío le seguía un puñetazo, golpe o algo similar en cualquier parte de mi cuerpo pero yo seguía sin hablar, sin mostrar miedo ni acobardamiento. Por cada golpe recordaba porque estaba allí, por cada gota de sangre que caía en el suelo uno más de mis hermanos viviría, así es como me mantuve entero en ese momento… entonces fue lo peor. –Dije tragando saliva y acariciándome el cuello, donde tenía unas marcas de cuerdas. 

-Me volvieron  a poner la capucha y me llevaron por una serie de pasillos, primero izquierda durante cinco metros, luego derecha por otros diez y otra vez izquierda cinco metros hasta que llegamos a una puerta que abrió uno de ellos, haciéndome pasar a mi primero. Entonces fue cuando me colocaron la cuerda alrededor del cuello y noté como me obligaban a subir a una silla. “Aquí termina tu silencio imbécil, podrías haber hablado y habrías muerto con una bala entre ceja y ceja, pero tenías que hacerte el tipo duro y por eso morirás como el perro que eres, ahogado… luego usaremos tu cuerpo para alimentarnos.” –Cogí el agua que quedaba en el vaso y la bebí sediento.  –Entonces fue cuando antes de me colgaran hablé, “Todo termina aquí”, dije antes de que un sonido me hicieran entender que la silla que había debajo mía había desaparecido…. todo se volvió negro durante algunos segundos y solo pude escuchar dos ruidos, dos ruidos que conocía muy bien y que cada día alegraban mi corazón. ¡PUM! ¡CAGHCAGH! Y dos cuerpos cayendo al suelo como si fueran plomo. –Saqué mi petaca, y bebí de la misma un pequeño trago de mi Amasec.

- Escuché sonido de pasos y sentí como unos brazos me empujaban hacia arriba y me permitían volver a respirar con dificultad debido a la bolsa de la cabeza, la cual enseguida me quitaron. Respiré con ansia y observé con placer la placa de mi compañero, una reluciente placa identificativa de Arbitrador se encontraba ante mis ojos, mi instructor, Quint Ishmael. “Pensé que te habías ido ya, cadete.” –Dijo el hombre mientras me daba la mano y me ayudaba a levantarme del suelo donde me encontraba.  Entonces me dio la escopeta que llevaba en su espalda, mi vieja pero fiable Namaste, una escopeta corredera que había comprado después de algunos meses de salario ahorrado. No la podía haber traído a la fiesta antes porque venía con intención de infiltrarme y mi escopeta tenía en su culata tallada la imagen del Adeptus Arbitre el cuerpo al cual pertenecíamos tanto ella como yo por lo tanto me hubiera delatado, no obstante ahora daba igual.. y el sigilo ya no importaba en absoluto.

- Volví sobre mis pasos, girando a la derecha a los cinco metros, a la izquierda a los diez y a la derecha de nuevo a los cinco y entonces encontré una puerta de madera cerrada, y tras esa puerta había lo que sin duda estábamos buscando mi instructor y yo. Ambos dimos dos pasos hacia delante y con todas nuestras fuerzas golpeamos la puerta abriéndola de una patada. Justo al bajar los pies sonaron de nuevo nuestras amigas. El sonido de los disparos, el amartillamiento del siguiente cartucho al correr la parte de abajo, todo eso… era música para mis oídos.

- Pero lo mejor de todo, fue lo que pasó a continuación. –Dije volviendo a beber de mi petaca a la cual hacía un rato que ignoraba pues la emoción de los recuerdos era demasiada como para pararme a beber. – Caminé dentro de la habitación golpeando con mi bota un fragmento de la puerta que había interceptado uno de nuestros perdigones y había quedado destrozada. Anduve sobre los restos desperdigados de aquellos pandilleros hasta que llegué a el jefe de aquella escoria y me acuclillé a su lado apuntándole a la cara con la escopeta pues sus brazos estaban… indispuestos siendo una masas sanguinolentas en el suelo.  –Mi nombre es Jeriko Dariel. Mi jefe es el Emperador. Mi contacto es su Justicia. Y lo que soy es un Arbitrador.  Entonces me levanté y apreté el gatillo que desencadenó el fin de la vida de ese hombre, el líder de una banda de caníbales y herejes de la Colmena de Sibellus.  Coloqué mi escopeta en el hombro y  caminé al lado de mi instructor rumbo hacia el cuartel de los Arbitradores. –Dije reclinándome en el asiento dando un último trago de la petaca.

-¿Ese es su informe final? –Dijo el hombre vestido con uniforme que tenía delante.

-Si señor, ese es mi informe. ¿Ocurre algo? –Dije mirándole a los ojos fijamente.

-Si… ocurre que eres un cabrón con suerte, Jeriko. –Dijo cogiendo un cigarro del bolsillo interior de su abrigo blindado y tirándome otro a mi. –Ten cuidado en la próxima. Puede que Quint no esté siempre para salvarte el culo. –Dijo el hombre mientras yo me levantaba para salir de la sala.

-Para la próxima, señor, entraré directamente con la escopeta por delante y una porra eléctrica cubriéndome por detrás. –Dije mientras salía de la sala con el cigarro encendido y echando el humo.


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